Para su gran estreno como actor influyente, Vox no eligió las políticas antimigratorias ni la defensa de la España unitaria, dos de sus tres pilares programáticos, sino que enarboló el más conflictivo de sus estandartes: la derogación de las leyes y ayudas contra la violencia de género. Así lo estableció su líder, Santiago Abascal, el primer día laborable de 2019, como anticipo de sus requisitos para investir al popular Juan Manuel Moreno como presidente de Andalucía. En su primera intervención en el Parlamento andaluz, su líder regional, Francisco Serrano, insistió contra lo que llama «ideología de género». Y en esa línea ha insistido durante todo un enero. Vox ha decidido nacer en las instituciones impugnando el más transversal de los consensos. Una temeridad, incluso una condena, se diría. O no.

«El antifeminismo les funciona electoralmente. Y aún tiene un margen de crecimiento ahí», señala José Pablo Ferrándiz, investigador principal de Metroscopia, en una afirmación que flaquearía si no tuviese el respaldo de los datos. «El 66% de los potenciales votantes de Vox considera que se ha ido demasiado lejos con la Ley contra la Violencia de Género. Y eso también lo piensa un tercio de los votantes del PP y de Ciudadanos. No es como el aborto, que es un problema cerrado donde poco se gana».

Vox juega a romper unanimidades y desvela al tiempo que algunas son frágiles. Su antifeminismo se impregna de machismo y de conservadurismo confesional (católico). Así, el cuestionamiento de derechos consolidados, como el aborto, se mezcla con el veto a los avances vía cuotas, ayudas, concienciación… y apelaciones con eco preconstitucional a la familia y la natalidad como remedios para las peores derivas de la patria. Un cóctel en desuso, pero con espacio electoral.

No era una corriente oculta. Estaba bien alimentada, por ejemplo, en columnas periodísticas -cada ola feminista, y ésta es la cuarta, tuvo su contrarrevolución-, pero se despreciaba por caduca y/o testimonial. Ahora aflora, sin embargo, como un activo notable en la política nacional, que por ese camino se suma a la moda. El combate contra «la ideología de género» es el subterfugio de un profundo conservadurismo exitoso ya desde los Estados Unidos de Donald Trump al Brasil de Jair Bolsonaro. España, ¿próxima estación?

«Yo creo que Vox está alcanzando su máximo». José Miguel de Elías, director de Investigación de Sigma Dos, limita el despegue. Aunque eso no implica irrelevancia, pues su propia encuesta, publicada por este periódico el 2 de enero, otorgaba a Vox el comodín de la mayoría parlamentaria en unas futuras elecciones generales (43-45 diputados). «Pero cuanto más hable Vox, más bajará. Hasta ahora, su voto ha sido limpio, sin matiz, pero según vaya concretando temas, caerá. Que quiera derogar la Ley contra la Violencia de Género chirría y debería perjudicarle».

Verónica Fumanal, ex asesora de Pedro Sánchez y Albert Rivera, matiza: «Les da igual si lo que dicen es irrealizable, les vale que todo el mundo hable de ellos, como vía para crecer. Están imponiendo su semántica, su lenguaje, un nuevo marco ideológico y conceptual. Y van ganando, porque, sorprendentemente, ha sido asumido por otros. Quitan igualdad de género y ponen ideología de género; quitan violencia de género y se habla de violencia doméstica…». Fumanal no ve las extravagancias de Vox como un lastre. «Ahora es lo que les hace especial y atractivo para mucha gente y para los medios».PUBLICIDAD

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«El PP debe tener cuidado»

Disfrutan además de esos días de luna de miel que los partidos emergentes mantienen, en los inicios, con su parroquia. A ese punto remite José Ramón Montero, catedrático emérito de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid. «Vox puede seguir tirando de exabruptos hasta que tenga que hacer campaña nacional. Entonces, bajará su temperatura. Pero aún tiene margen para seguir diciendo disparates. Sin embargo, el PP debe tener cuidado».

La formación de Santiago Abascal engordó en Andalucía con un 45% de ex votantes del PP, un 15% desencantado de Ciudadanos y un 15% con un pasado a la izquierda. Esa realidad estadística, unida a cierta afinidad ideológica, explica los movimientos de Pablo Casado, aceptando debates como las denuncias falsas o la carencia de ayudas para hombres. Un triunfo para Vox, según José Ramón Montero, que fue subdirector del CIS: «El beneficio o perjuicio del discurso antifeminista dependen de que PP y Ciudadanos lo acepten. El PP lo ha comprado en parte y así amortigua el rechazo a Vox». Que ni en lugares donde la movilización fue masiva, de Brasil a Estados Unidos, frenó a candidatos machistas.

El extremismo, reenfocado, barnizado con cinismo, también capta votos. Enrique Cocero, consultor político, fundador de 7.50 Strategy, ex miembro del gabinete de Soraya Sáenz de Santamaría, señala, por ejemplo, una línea que ya trata de explotar Vox: «Intenta transmitir que las asociaciones de ayuda se benefician de las subvenciones más que las propias víctimas, incluso que se mantienen para que PSOE y Podemos se justifiquen ante los suyos. Eso cautiva a las clases medias que sienten que pagan impuestos pero no se benefician. Algo muy Trump».

«Lo potenciaría una reacción histérica del feminismo»

Como explica Elisa de la Nuez, abogada del Estado, miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO, la rentabilidad de una posición antisistema se vincula a cómo se arme el discurso. «Si el tema es desandar el camino, no hay mercado. Yo estuve en el 8-M en Madrid y ese movimiento, transversal, no es reversible. Pero si explotas injusticias concretas, es decir, conviertes en problema general lo puntual, puede haber mercado, no demasiado grande, salvo que una reacción histérica del feminismo lo potencie». Vox crece más por reacción -de quienes se descubren como machistas- que por sus propuestas. Remata esa hipótesis Fernando Jiménez Sánchez, doctor en Ciencia Política y profesor en la Universidad de Murcia: «Vox usa el antifeminismo para poner nerviosos a otros. Y su éxito es que lo está logrando».

Con un líder como Francisco Serrano, juez célebre por sus hipérboles antifeministas, Vox probó valer casi el 11% en Andalucía. Y no ha hecho nada por centrar su discurso, lo que, en principio, frenaría su despegue. «Pero Podemostardó año y pico en centrarse. Vox ahora tampoco lo va a hacer, ni un ápice», apuesta Verónica Fumanal. Y José Pablo Ferrándiz vuelve a poner cifras a la sensación: «A diferencia de Podemos, que se hizo transversal rápidamente, la subida de Vox no le hace más transversal. Hay un interés entre sus dirigentes en reivindicar que tienen votantes entre los perdedores de la crisis, pero las encuestas no muestran eso. Sus nuevos apoyos siguen viniendo más del PP, con edades entre 45 y 55 años y en su mayoría son hombres, el 72%, un público, por cierto, más reacio al feminismo».

«Si el malestar se corrige, Vox se acabará»

Informes de Metroscopia dicen que «el 70% de los españoles apuesta por avanzar más en los planteamientos feministas» y sostienen todos los expertos consultados que un discurso basado en que el feminismo es indeseable tiene una proyección escasa. De ahí, por ejemplo, el cambio de patrón de Ciudadanos sobre la Ley contra la Violencia de Género.

Pero todos dicen también que si Vox está aquí no es por el feminismo. El eje clave es Cataluña. En palabras del profesor Fernando Jiménez Sánchez: «El discurso radical de Vox tiene recorrido mientras haya malestar. Se usa a Vox para darle en la cabeza a los partidos tradicionales o biempensantes. Si el malestar se corrige, Vox se acabará. Eso sí, si los extremismos de izquierda se disparan, el nacionalismo español autoritario también se fortalecerá».

En Europa, los movimientos de extrema derecha, de Le Pen a Salvini, incluso en la Hungría que preside Viktor Orbán, donde mejor se refleja Vox, hacen de la inmigración su cauce transversal, que capta incluso a las izquierdas. En España, lo que convierte a Vox en un movimiento populista capaz de salvar su corsé ideológico es «la unidad frente al separatismo». El juicio del procés tiene fecha desde ayer: arranca el 12 de febrero, y seguirá bullendo en marzo, el mes clave de la reivindicación feminista. De esa confluencia nace la conclusión de José Pablo Ferrándiz: «El debate de género es un activo electoral, que con el 8-M se potenciará por la defensa desde la izquierda ante las críticas de Vox. Cuando un elemento tan fuerte se expone, polariza, y eso puede beneficiarles en detrimento de PP y Ciudadanos, que no pueden hacer un discurso tan duro. Y eso, en un ambiente marcado por el juicio del procés… Puede ser la tormenta perfecta para Vox».

Fuente: https://www.elmundo.es/espana/2019/02/02/5c54ba9bfdddffe0ba8b45fb.html